Como un vaso de agua
Éramos como un vaso de cristal lleno de agua. A veces temíamos caer del borde del precipicio —porque siempre estuvimos al borde sólo que cuidando detalles que no nos hagan dar un paso en falso—, como todos. Todavía lo recuerdo. Pareciera que el tiempo se haya detenido sólo para volver a verte, como si un congelamiento de imágenes fuera suficiente horizonte para encontrarte en todas partes. Claro que me acuerdo. Llevabas la misma blusa que utilizaste en nuestra primera cita. El cielo se oscurecía pero nada importaba entonces; la compañía de ambos era un espectáculo más bonito que el crepúsculo que nacía detrás de los cristales. "Desde este piso la vista a la ciudad es más bonita", dijiste. Sólo entonces me dirigí hacia la ventana desde donde contemplabas maravillada aquel bosque de edificios. Te abracé. Miré abajo, donde las personas parecían polvo rociado por el viento que iban de un lugar a otro buscando explicaciones a una vida que ya no les prometía nada. Me sentí afortunado por estar a tu lado. Una hora después de hablar me di cuenta de que la noche ya había caído y tenías que irte. Te besé. Recordé tus labios la primera vez, tímidos y preciosos que me causaron escalofríos. Bastaría recordar aquella vista a un ocaso que nos marcó para siempre. Estábamos al precipicio pero ninguno de los dos tuvo miedo porque tenía al otro al lado. Estábamos llenos de agua, de una transparencia singular que desbordaba nuestros sueños, nuestra vida, y nuestras ganas de querernos pero se acabó justo en el momento en que desperté para notar que estaba solo en un lecho que un día había sido nuestro. La mañana se acercaba tímida y no habías vuelto desde entonces. Esperé, como un buen iluso anhelando una lluvia para su desierto. Sonreí y luego suspiré de amargura. Jamás había tenido un sueño más bonito. Entendí que te extrañaba más que a nada y miré tu foto, con la certeza de que alguien más estaría despertando a tu lado, portando la fortuna de poder besar tu sonrisa.






Comentarios
Publicar un comentario